domingo, diciembre 17, 2006

Las yemas de los dedos...

Podemos existir sin ser jamás tocados, ni siquiera tocados por la propia vida. Sin embargo, precisamos que alguien se detenga en nosotros, y, como si de una necesaria curación milagrosa se tratara, nos imponga leve y suavemente sus manos. Quizás a su través nos llegue al alma. Y tal vez con un gesto que no lo tome todo, sino que sea una aproximación, un movimiento que altere el aire, un paso de las yemas de los dedos. Ellas atisban, acarician, sobrevuelan, pero no atrapan. Son nuestro signo de distinción, nuestra mejor huella, y no sólo dactilar. Se desplazan como un paso de danza, como un vuelo de mariposa. Su ir y venir preserva una distancia, la recorre, pero no la zanja. Parecen destinadas para una espalda necesitada, para la demora silenciosa de un paseo elocuente por el envés, por ese rostro sin mirada que no siempre es el reverso de alguien, sino su otro mapa, el de los vericuetos de la sensibilidad. La exploración es a tientas, con una visión que no se agota en los ojos, que es otro ver, un ver que hace ver, un ver que es un tener que ver con alguien.

Acariciar no es poseer, ni atrapar, ni tomar. La caricia es un preludio que es ya juego pleno de sentido, no sólo un anticipo. La unión que procura no es la indeferenciada fusión, sino la constatación amorosa de la diferencia irreductible. También nos desbordamos por ese extremo de nosotros mismos, nuestros dedos, orilla de nuestros océanos.

La caricia que nosotros tanto precisamos constata que el otro es inaprensible y que, sin embargo, puede perfilarse y sentirse como se siente una brisa y un aleteo de ramas tras el paso casi imperceptible de alguien.Tocar como el pensamiento toca al pensamiento, ser tocado así por alguien es saberse involucrado, implicado, inserto, es sentirse afectado, concernido, convocado. Las yemas de los dedos llaman silenciando el agresivo quehacer de los nudillos de las manos. Su sonido es imperceptible, pero su palabra es más sonora que cualquier ruido.

El modo de acariciar firma el modo de ser. Sería suficiente con deslizar las yemas de los dedos por un cristal para que pudiera llegar a quebrarse, o ser la clave que abriera la puerta. La mano busca, palpa, tantea, parece querer asir, agarrar, prender, estrechar, apresar..., pero las yemas de los dedos marcan los límites y previenen de la voluntad de posesión. Propician el respetuoso encuentro de la enigmática epidermis, que no es envoltura, sino el afuera en el que brilla y tirita el deseo. No se trata de imprimir en el otro nuestra huella dactilar, sino de que deslicemos las yemas de los dedos. Sólo así tocaremos lo intocable.

Ángel Gabilondo
Revista Psycologies No. 23
Diciembre 2006

3 comentarios:

Luz dijo...

Maravilloso texto para comenzar el día
Bechitos!!!

Carlos dijo...

Endorfinante, sì señora
Besotes

Azul... dijo...

Mis lectores más fieles, ¡qué ganas tengo de verlos!

¡¡¡300 besototes pa' cada uno!!!